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Me entero que han ingresado en la legislatura de la ciudad de buenos aires dos proyectos para la colegiación de los profesionales que actúan en el ámbito de la ciudad, lo que incluye, claro, a los informáticos.
Lo que sigue es un juicio de intenciones, cosa que convendría no hacer, pero creo que cuando la mala leche es tanta y tan mala, hay pocas alternativas.
Entiendo que hay dos clases de personas que apoyan la colegiación:
- El primer grupo está compuesto por un grupo de inútiles que pretende vivir de vender indulgencias y de cobrar la matrícula de quienes sí trabajamos y tenemos como norte seguir haciéndolo (o dejar de hacerlo por un método más decente, como ganar la lotería, pegarla con una acción o asaltar un banco).
- El segundo grupo está compuesto por un grupo algo mayor que el primero. El de aquellos que se sospechan, con razón o sin ella, no muy buenos en lo suyo y esperan que achicando el denominador sus probabilidades mejoren: es decir, esperan que eliminando la competencia en base a criterios que poco tienen que ver con la habilidad laboral su situación en el mercado mejore. Ahora se me ocurre que hay un subgrupo dentro de este grupo: aquellos que no se sienten poco hábiles, sino que sienten que el mercado no reconoce sus increíbles habilidades. Esperan, por este medio, que se instrumente un mecanismo por fuera del mercado para corregir semejante injusticia: me contratás a mí no porque te parezca más hábil, sino porque tengo matrícula.
Puede que exista un tercer grupo: aquellos que están honestamente convencidos que la matriculación mejorará el nivel profesional (y de profesiones que piden a gritos una mejora en el nivel, como la informática). Agrego este grupo no porque tenga pruebas de que exista, sino por seguir la regla de que la ausencia de evidencia no es evidencia de la ausencia. Pero sí, no encuentro evidencias de que este grupo exista.
Podría argumentar por qué no creo que sirva un colegio, y los argumentos irían en estas líneas:
- No hay evidencia de que las estructuras burocráticas mejoren el nivel académico e intelectual, y si hay evidencias de lo contrario.
- No es ni justo ni conveniente decirle a una empresa a quien puede contratar y a quien no.
- Con respecto a la responsabilidad legal por mala praxis profesional que pudiera resultar en problemas para terceros, se puede resolver sin colegio: los médicos en la ciudad de buenos aires no tienen colegio y responden legalmente por sus malas praxis.
- No quiero pagar matrícula en forma obligatoria.
- No me parece justo que me obliguen a no contratar a los excelentes profesionales que conozco que no tienen título universitario (da la casualidad, los dos mejores que conozco no tienen título).
Pero no voy a desarrollar estos argumentos, porque estaría sucumbiendo a la falacia de la inversión de la carga de la prueba. La carga de la prueba la tiene quien afirma, por lo que son quienes proponen el colegio quienes deben demostrar para qué serviría y como lograría los objetivos. Hasta donde vi, están lejos de lograr este objetivo.
Leía el proyecto de Martín Borrelli, legislador por el PRO y titular del Partido Federal de la ciudad de buenos aires ( la melange ideológica del nacional-conservadora-economicoliberal-malvinera de su partido es realmente divertida, si es que fuera una broma de Peter Capusoto). El asunto empieza bien, dice:
No es ocioso recordar que aprobada la colegiación, la matriculación se vuelve obligatoria y con ella, la imposición de aranceles o contribuciones para el ejercicio de la profesión y el sostenimiento de las estructuras burocráticas del nuevo colegio. Allí donde antes no había nada, ahora florecen oficinas, cursos y empleados. Allí donde imperaba la autorregulación, aparecen los tribunales de disciplina para imponer sanciones.
Bravo! Ese texto es un verdadero liberal, pensé. No es que coincida en todo con un verdadero esco… liberal, pero se trata de una posición intelectual con innegable valor, pero bueno, este no es el caso (este tampoco es el caso, debería decir) . Sigue:
Sin el debate necesario los colegios profesionales se convierten en una herramienta de pocos, en botines de grupos dominantes, en especulación electoral, y el mérito o conveniencia de su creación deja de ser la de los sujetos de regulación de dicha ley –los propios profesionales- para transformarse en una cuestión de mera oportunidad convalidada por la Legislatura y sus mayorías ocasionales.
Bueno, acá se le empiezan a ver las plumas: el problema no es la imposición de aranceles y contribuciones, ni la existencia de burocracia ni un tribunal de notables diciéndole al mercado que carajo tiene que hacer, no. El problema es que sea un botín algunos. Un pensamiento notable por lo contradictorio: no es malo el concepto de que alguien se apropie de una actividad, lo malo es que alguien se apropie de la actividad en la vida real.
Para evitar eso que, con justa razón, identifica como pernicioso, propone crearlo. Luego de la necesaria discusión y consenso, claro. Alguien sigue su fuzzy logic?, yo no.
El lunes 6 de Abril, en en el Anfiteatro 3 de la sede Las Heras de la FIUBA habrá una reunión al respecto.
En el mercado de competencia perfecta los compradores tienden a aumentar las cantidades compradas de un producto conforme su precio baja y a bajarlas cuando sube, mientras que los vendedores se comportan en forma inversa: aumentan su oferta cuando el precio sube y la retraen cuando éste baja. Así el mercado va encontrando su punto de equilibrio, que es el precio donde los vendedores ofrecen la cantidad de bienes que los compradores demandan. Este mecanismo fue descrito por Adam Smith, quien habló de la increíble capacidad de autorregularse de los mercados, como si estuviesen guiados por una mano invisible.
Sostienen los economistas neoclásicos que el mercado es la forma más eficiente de asignar recursos y que los problemas que ocurren en el mercado se deben precisamente a los intentos gubernamentales de regularlos (y no a la ausencia de regulaciones). Yo encuentro la primera parte de la afirmación más fácil de sostener que la segunda, sobre todo con las noticias de estos días. Los neoclásicos levantan su dedo índice y apuntan al cielo invocando a dios como testigo y nos recuerdan que ellos hablan de los verdaderos escoceses, (sigo teniendo pendiente el post sobre falacias argumentales) pero no es este el tema que quiero abordar, así que volvamos al hilo.
La mejor crítica que se le puede hacer a la idea del mercado de competencia perfecta es que no existe la información perfecta, que los bienes y servicios sí son distinguibles unos y otros y que hay sesgos psicológicos que hacen que los humanos prefiramos algunas cosas sobre otras (sin perjuicio de que las grandes sumas de capital necesario para entrar a proveer determinados bienes o servicios hacen que haya pocos proveedores para muchos compradores). La divergencia entre el mercado real y el mercado de competencia perfecta es, en mi opinión, particularmente notable en el mercado de trabajo.
El mercado de trabajo es ese donde empresas y trabajadores confluimos. Según la idea del mercado de competencia perfecta, cuando la demanda de bienes y servicios baja, las empresas demandan menos trabajadores, lo que haría caer al precio del trabajo (salario), manteniendo el nivel de ocupación. Como eso no ocurre en la realidad y existe ese temita que la teoría clásica no explica muy bien llamado desempleo, la culpa, para nuestros simpáticos amigos amantes de los verdaderos escoceses es de los sindicatos y regulaciones que no dejan que el salario (nominal) caiga, y entonces cae el nivel de empleo.
El mercado de trabajo pudo haberse ajustado a un modelo de mercado regulado por la mano invisible unos cuantos años atrás, antes de la especialización y del enorme peso del conocimiento en la productividad de los empleados. Puedo encontrar muchas diferencias entre el modelo y la realidad, particularmente en aquellas actividades donde el talento (o al menos el conocimiento y la especialización) de las personas es un valor clave para la empresa (el software, por ejemplo).
El empleador invierte tiempo y dinero en el empleado. Lo forma en la manera de hacer las cosas que la empresa ha ido adoptando, apoya su crecimiento profesional, se beneficia de un trabajador cada vez más calificado. El empleado a su vez, también invierte mucho en la empresa (yo diría que más que la empresa en él, no puedo ser objetivo): invierte su renuncia a otras posibilidades de ganarse la vida, invierte tiempo valioso de su vida, invierte sus conocimientos adquiridos con mucho esfuerzo. La ruptura de la relación laboral perjudica a ambos, particularmente si la relación no es reciente (por supuesto, el empleado es la parte más débil y es lógico que esté protegido por la ley).
Así, es probable que la dirección de la empresa se resista hasta último momento a desprenderse de los talentos, de esas personas cuyo conocimiento y habilidad constituyen un activo importante. Como ejemplo, podemos pensar en aquella gran crisis que vivimos por estas pampas hace no mucho: las empresas perdieron más facturación (y margen) que nómina. Esto ocurre, en parte, porque en la empresa existe la expectativa de que las cosas se recuperen y, en tal caso, el conocimiento no va a ser facilmente reemplazable.
Hay más en la ecuación que diferencia al mercado de trabajo del modelo regulado por la mano invisible: la asimetría de la información. Si quiero ir a trabajar a otra empresa, ellos no conocen de la lista de logros que he conseguido en la empresa donde estoy actualmente: los puedo contar yo, pero entiendo no ser una fuente demasiado confiable y objetiva sobre mí mismo. Por eso, salvo casos excepcionales, no me van a poder pagar en función de mi experiencia para un puesto similar. Ahora, yo tampoco los conozco a ellos: no se si me adaptaré a su forma de hacer las cosas, no se si mi futuro jefe tendrá los mismos valores que yo. Ambos ignoramos cosas que el otro sabe. Y por eso, ambos queremos cubrirnos con un margen en la remuneración, solo que, obviamente, en sentido opuesto.
Arthur Okun definió esto como un apretón de manos entre empresa y empleado (no encontré ningún artículo que describa rapidamente la tesis del libro).
Como decíamos antes, el apretón de manos, por su propia naturaleza, no deja a las empresas en una posición de absoluta ventaja. Un empleado que ha crecido en una empresa, del que sus superiores conocen sus fortalezas y debilidades, que ha formado su perfil profesional en esa empresa no puede ser reemplazado por el mismo costo. Si este se fuera, la empresa se vería en la obligación de elegir entre pagar más para cubrir la misma posición o pagar lo mismo pero afrontar la incertidumbre sobre el desempeño de quien viene a cubrir la vacante (por ejemplo, por una promoción interna).
Y aquí viene algo así como el reclamo sindical: muchas veces, los empleados recibimos como respuesta tácita o explícita de nuestros empleadores la frase "estás pagado acorde al mercado". Ahá. No me digas. Me estás queriendo decir que yo no conseguiría facilmente un salario superior al que gano por el trabajo que hago en otra empresa o que vos me reemplazarías al mismo costo?. Porque una cosa puede ser cierta, pero la otra no lo es.
Recordar que nuestra relación es un apretón de manos, tanto cuando uno está en posición de defender los intereses de la empresa, como cuando uno está defendiendo los suyos propios, podría contribuir a mejorar enormemente el nivel de satisfacción de los empleados con las empresas, y de las empresas con los empleados.
En el medio del diablo inventó el body shopping. Y sobre eso, no voy a repetir lo que tan bien dice don M. aquí sobre el hijo bastardo de la necesidad de dibujar ciertos indicadores para parecer más eficiente. Dije que no iba a decir nada. Y no pude cumplirlo.