En forma bastante predecible, las revistas (las que valen la pena leerse, digo, como el Scientific American, por ejemplo), los blogs (algunos que valen la pena leerse, y otros más parecidos a este blog), los programas de radio, los talk shows de la televisión, los realities y sus estrellitas que hasta el año pasado hacían mostrar el culo a alguna bonita golfa veinteañera se han volcado a preguntarse que ha fallado en nuestra comprensión de la economía para que hoy estemos aquí (bueno, tal vez haya sido demasiado adjudicarle esa preocupación a los últimos puntos de mi enumeración).
Las conclusiones son más o menos parejas: la economía tal como la conocemos dista de ser una ciencia, y no solo eso, difícilmente pueda considerarse una protociencia que al menos va bien encaminada. Los problemas de la economía (la ciencia económica, digo), vendrían básicamente del hecho de que la teoría de la elección racional no es ni siquiera una grosera sobresimplificación de nuestra forma de pensar, y de que, como dice Nassim Taleb, el único premio Nóbel (o algo así, para ser exactos ) de economía que ha recibido su premio por una contribución valiosa fue Daniel Kahneman. Precisamente, don Kahneman ha aportado pruebas convincentes de que nuestros sesgos cognitivos (que además, parecen ser innatos y, sin entrar en el debate nature vs. nurture, genéticos) impiden describir nuestro comportamiento por medio de formuleo matemático de la elección racional.
Como decía arriba, esto se convirtió en un tema más o menos recurrente en unas cuantas publicaciones. En el último número de Scientific American Mind hay dos artículos que tocan el tema. El primero de ellos es una entrevista a Peter Ubel, quien explica como nuestra tendencia al optimismo y al comportamiento manada (que mi vecino sacó un crédito? entonces puede que no sea tan peligroso!, que mi pareja se sirvió otra porción de postre? entonces a mí no me va a engordar tanto) puede arruinar nuestras finanzas personales (y globales), nuestra salud y más genéricamente, nuestro bienestar. Dice también Peter Ubel en un arranque de pesimismo (o elitismo? o derrotismo?, o vaya uno a saber qué) que un tercio de los norteamericanos adultos no son capaces de contestar cuanto es el diez por ciento de mil, y se pregunta como puede un tipo así evaluar el impacto de un posible aumento en las tasas de interés de interés en su hipoteca (una lástima que Ubel no cite fuentes de esta afirmación)
El segundo artículo no toca el tema directamente, es más una explicación (detallada y ejemplificada) de cuan malos somos al evaluar probabilidades, y de cuanto esfuerzo, entrenamiento y concentración requiere hacerlo bien. El ejemplo elegido es la evaluación de las probabilidades de tener una enfermedad dado un resultado positivo de un análisis para detectar dicha enfermedad. El ejemplo es usado también por Leonard Mlowdinow en 'The drunkard's walk' y por John Allen Paulos en 'Innumeracy'.
El asunto es así: Supongamos que nos hacen un análisis de HIV. Usan primero el método Elisa, que tiene un índice de falsos positivos del 1%, aproximadamente. Supongamos que el test da positivo... cual es la probabilidad de que en realidad estemos sanos? (o de que en verdad estemos enfermos?). Cual es? Si hay algún lector... tiene un número?
La respuesta es que en el párrafo anterior faltan datos para decidir: la respuesta no es que hay 99% de probabilidades de que estemos enfermos, ni nada por el estilo. Para llegar a la respuesta nos falta un dato: la prevalencia (el porcentaje de gente que sufre la enfermedad) de la infección. Para derivar la respuesta, tomemos la prevalencia global del HIV estimada para Argentina (0,31%).
Bien, ahora para hacer números redondos, supongamos que se han hecho en nuestro laboratorio 320 análisis de HIV. Como la incidencia es del 0,31%, eso da que nuestro laboratorio encontró un caso positivo (vamos a asumir que estamos en el caso más probable, esto es estadística, nada dice que deba ser así en todos los casos), ya que el 0,31% de 320 es 1.
Ahora, de esos 320 casos, alrededor de tres tipos se llevaron un test positivo sin serlo. O sea, de cuatro test positivos, uno es un positivo real y los otros tres son falsos positivos. Por lo tanto, hay un 75% de probabilidades de que no tengamos nada. Si a esto lo corregimos por incidencia demográfica y de comportamiento la probabilidad es menos (sonará feo, pero si somos una persona que no usa drogas endovenosas y que no tiene sexo sin protección o es monógama, las probabilidades de estar infectado bajan: no a cero, pero bajan).
Quiere molestar a su médico, estimado lector (si es que hubiera algún lector)?. Bueno, si es así, la próxima vez puede preguntarle cual es la probabilidad de que un resultado positivo de un determinado análisis no sea en verdad un falso positivo dada la incidencia?. El médico, en medio de una consulta por obra social mal paga, apurado porque se ve obligado a que su consultorio funcione como un McDonalds, raramente disfrutará de su sentido del humor.
Showing posts with label anécdotas y estadísticas. Show all posts
Showing posts with label anécdotas y estadísticas. Show all posts
Monday, May 25, 2009
Friday, January 2, 2009
Setenta balcones y ninguna estadística
Estoy deprimido. Me siento triste, desengañado, defraudado. Supongo que es lo lógico cuando uno se creía un tipo lindo, alto, atlético y carilindo y se encuentra con la imagen que el espejo devuelve. Pero, ahora que lo pienso, lo que me ocurre es peor: siento la desdicha de haberme sentido parte de un grupo (profesional, en este caso) superior a otro y comprobar con amargura que no es así.
Siempre creí que las ciencias blandas deberían copiar varias cosas de las ciencias 'duras' (me cuesta decir ciencias blandas y ciencias duras y no decir ciencias y pseudociencias o protociencias) y eliminar sus fallas más notorias: proposiciones no verificables, especulaciones que confunden plausibilidad con certeza, palabrerío confuso y poco definido, mucha hermenéutica y poca experimentación y cosas así. Y por supuesto, siempre creí que mi actividad en la informática me ponía más cerca de las ciencias duras (o ciencias, a secas, aunque yo sea un tecnólogo y no un científico).
Sigo convencido de lo que digo en la primera frase del párrafo de arriba, pero dudo mucho de la segunda, esa que me pone a mí del lado de los buenos.
Pienso que hay mucho valor en las metodologías ágiles. Pero últimamente he notado que nuestras discusiones tienden a parecerse a las discusiones de los ... ejem... científicos sociales: mucha elucubración sobre los resultados de determinadas prácticas, alguna que otra anécdota, pero ni una sola estadística.
Vi las encuestas de Scott Ambler. No están del todo mal, pero tienen unos cuantos problemas metodológicos que no permitirían considerarlas estudios concluyentes: el primero es que se anuncian desde su columna dedicada al desarrollo ágil o en las listas de desarrollo ágil (lo que habla de un sesgo en la elección de quienes responden).
Eso, sumado a que no se le pide a la gente que definan 'éxito', que expliquen la forma de medir la productividad ni la calidad, sumado al sesgo en la elección de quienes responden, no veo como se pueda pensar que se ha evitado razonablemente el sesgo de confirmación.
De hecho, la pregunta "como afectó la adopción de metodologías ágiles a la productividad/calidad/costos" deja mucho lugar para una variante del sesgo de autoservicio (perdón, no se me ocurre una traducción mejor) : las metodologías ágiles siempre pueden llevarse el crédito por lo bueno y ser inocentes por lo malo que puede ser atribuido a problemas del entorno. O incluso, podría ocurrir lo contrario, si los sentimientos de quien responden son negativos hacia el enfoque ágil. Creo que una mejor redacción sería "como resultó la productividad, medida en (X), de los grupos que aplicaban enfoques ágiles frente a los que no los aplicaban?" donde, por supuesto, hay que encontrar alguna manera cuantitativa de medir la (X).
Y por último, deja a librado al sano arbitrio de quienes responden decidir si están siguiendo prácticas ágiles. Resumiendo, la encuesta puede dar ideas intuitivas de hacia donde vamos, pero dista de ser concluyente. Y no encontré otra cosa.
Aún así, yo encuentro que en mis evaluaciones en abstracto y en las anécdotas que puedo recoger, las metodologías ágiles son un buen enfoque allí donde se pueden aplicar. El problema es que, pese a todo, no hay evidencia concluyente. O al menos, no la conozco. Si alguien la conoce, me alegraría el día.
Siempre creí que las ciencias blandas deberían copiar varias cosas de las ciencias 'duras' (me cuesta decir ciencias blandas y ciencias duras y no decir ciencias y pseudociencias o protociencias) y eliminar sus fallas más notorias: proposiciones no verificables, especulaciones que confunden plausibilidad con certeza, palabrerío confuso y poco definido, mucha hermenéutica y poca experimentación y cosas así. Y por supuesto, siempre creí que mi actividad en la informática me ponía más cerca de las ciencias duras (o ciencias, a secas, aunque yo sea un tecnólogo y no un científico).
Sigo convencido de lo que digo en la primera frase del párrafo de arriba, pero dudo mucho de la segunda, esa que me pone a mí del lado de los buenos.
Pienso que hay mucho valor en las metodologías ágiles. Pero últimamente he notado que nuestras discusiones tienden a parecerse a las discusiones de los ... ejem... científicos sociales: mucha elucubración sobre los resultados de determinadas prácticas, alguna que otra anécdota, pero ni una sola estadística.
Vi las encuestas de Scott Ambler. No están del todo mal, pero tienen unos cuantos problemas metodológicos que no permitirían considerarlas estudios concluyentes: el primero es que se anuncian desde su columna dedicada al desarrollo ágil o en las listas de desarrollo ágil (lo que habla de un sesgo en la elección de quienes responden).
Eso, sumado a que no se le pide a la gente que definan 'éxito', que expliquen la forma de medir la productividad ni la calidad, sumado al sesgo en la elección de quienes responden, no veo como se pueda pensar que se ha evitado razonablemente el sesgo de confirmación.
De hecho, la pregunta "como afectó la adopción de metodologías ágiles a la productividad/calidad/costos" deja mucho lugar para una variante del sesgo de autoservicio (perdón, no se me ocurre una traducción mejor) : las metodologías ágiles siempre pueden llevarse el crédito por lo bueno y ser inocentes por lo malo que puede ser atribuido a problemas del entorno. O incluso, podría ocurrir lo contrario, si los sentimientos de quien responden son negativos hacia el enfoque ágil. Creo que una mejor redacción sería "como resultó la productividad, medida en (X), de los grupos que aplicaban enfoques ágiles frente a los que no los aplicaban?" donde, por supuesto, hay que encontrar alguna manera cuantitativa de medir la (X).
Y por último, deja a librado al sano arbitrio de quienes responden decidir si están siguiendo prácticas ágiles. Resumiendo, la encuesta puede dar ideas intuitivas de hacia donde vamos, pero dista de ser concluyente. Y no encontré otra cosa.
Aún así, yo encuentro que en mis evaluaciones en abstracto y en las anécdotas que puedo recoger, las metodologías ágiles son un buen enfoque allí donde se pueden aplicar. El problema es que, pese a todo, no hay evidencia concluyente. O al menos, no la conozco. Si alguien la conoce, me alegraría el día.
Tuesday, October 14, 2008
Se lo digo yo, que de esto se mucho
Esto sucedió unos 12 años atrás. Mi primer trabajo, aburrido, en un ambiente de un nivel pobre (me doy cuenta años después), pero que en ese momento viví como desafiante y lleno de oportunidades: bienaventurados somos quienes hemos recibido el enorme don del optimismo medio pelotudo.
Yo trabajaba en esos departamentos de soporte técnico que tienen las empresas que no son de sistemas, que por alguna razón llaman 'Gerencia de Desarrollo'. Es un poco buscapleitos, pero las empresas que no son de sistemas, no suelen tener departamentos de desarrollo, tienen departamentos de soporte de aplicaciones: corrigen alguna que otra nimiedad, implementan cuatro o cinco requerimientos nuevos al mes y atienden al usuario para cocinar datos con SQL ad hoc. Y atienden al usuario y cocinan datos, y así.
Por supuesto, mi llegada a esa empresa fue a través de una consultora, que a la muerte y al body shopping no le escapa nadie. Y ahí estaba yo, arreglando algunos bugs de un sistema pesimamente hecho (en C mal escrito, y con sintaxis de C++, para empeorar la cosa), fijándome por qué algunas transacciones se habían perdido, aceptando como un hecho que era normal que un sistema anduviera tan lento y tan mal, en definitiva, dándole manija al engendro ese para mantenerlo, no digamos andando, pero al menos con los procesos corriendo.
De paso, estaba conociendo como era el fascinante mundo empresarial. Una de las primeras cosas que aprendí era que había jefes. Eso lo intuía, porque si algo le queda claro a uno desde que tiene uso de razón es que hay estructuras jerárquicas. Además de los jefes, aparecieron ante mi otro tipo de personajes, estos inesperados: los gurúes, o los expertos. Estos eran gente grande (todos eran más grandes que yo en aquella época), normalmente de trato distante o, al menos, displicente.
Cuando se mencionaba a un gurú, su nombre se acompañaba de una fórmula, muy a la manera que los musulmanes usan para acompañar el nombre del profeta, la paz esté con él. Solo que en este caso la fórmula era "sabe mucho". Así se decía, por ejemplo, que "H. sabe mucho". Obviamente, no se los cuestionaba, ni siquiera se ponía a prueba lo que decían, hablaban ex cathedra.
Así, a mí me quedaba claro que tenía que seguir la corriente. No digo que haya creído honestamente en los gurúes (si bien no había formalizado para ese entonces mi postura filosófica, siempre la tuve medio pre-wired en mi cerebro) pero al menos no me sentía con derecho a cuestionar su trabajo o a hacer pruebas para ver si lo que decían era cierto. Podría decir que aceptaba su reinado, pero en el fondo la situación me parecía injusta, no sabía por qué. Diría hoy que en mi relación con ellos, era víctima de la disonancia cognitiva.
Un día, en particular, estaba enfrascado tratando de debugear un hermoso SIGSEV que el monstruo que me había tocado en suerte producía con puntualidad alemana cada cuarenta y cinco minutos. En el escritorio de al lado se sentaba C., un programador COBOL, que, ese día, estaba al borde del llanto porque un programa COBOL no compilaba. C. era un Programador Senior (tendría en ese entonces unos treinticinco años). Yo nunca vi COBOL más que en la facultad (la facultad no sirve para nada, título de otro post), por lo que me considero un tipo razonablemente afortunado, pero para dar la imagen de empleado del mes dije "C., te puedo dar una mano?". C. me miró incrédulo (le costaba entender como lo podría ayudar alguien con tan poca experiencia), y me dijo que sí, que claro, pero que el problema era demasiado complejo: no sabía si el COBOL estaba mal instalado en ese equipo porque ese programa no compilaba, y ese programa lo había escrito H. que sabe mucho y por lo tanto el programa no podía, por definición, estar mal escrito.
Asomé la cabeza y vi que había dos maneras de solucionar el problema: la primera era con un conocimiento acabado de la plataforma de COBOL (creo que era MicroFocus), y la segunda era leyendo el mensaje de error que daba el compilador informando que el problema era que el PATH de los archivos COPY (algo así como los headers del lenguaje C,creo recordar) tenía caracteres inválidos (la barra invertida en lugar de la estándar, o al revés). Cambiando la barra estándar por la invertida (o al revés) el programa anduvo.
C. no era un disminuído mental. Simplemente, no se atrevía a cuestionar la autoridad, estaba siendo víctima de la falacia del principio de autoridad, aún en un hecho tan nimio. No es un problema exclusivo de C., sino que todos tendemos a creer sin cuestionar en lo que dicen aquellos que, merecida o inmerecidamente, han ganado prestigio del entorno donde se desenvuelven.
No cuestionar la autoridad es, para Tom Kyte, una de las peores prácticas. No puedo menos que acordar con ello: todo concepto debe poder se puesto a prueba, no porque no existan expertos, sino porque, además de que hay menos expertos que gente que asegura serlo, todos, hasta los más grandes pueden cometer errores. Por otro lado, las cosas cambian: un concepto que era cierto con la tecnología de hace diez años, no es cierto ahora. Y además, si me permite la herejía, es posible que hasta los expertos se equivoquen.
Y si la pregunta es "vos quien sos para pontificar así desde tu blog? por qué deberíamos creer que vos sí sabés?", la respuesta es clara: suponiendo que esto lo lea alguien, no tienen por qué creer que yo soy un experto en nada.
Yo trabajaba en esos departamentos de soporte técnico que tienen las empresas que no son de sistemas, que por alguna razón llaman 'Gerencia de Desarrollo'. Es un poco buscapleitos, pero las empresas que no son de sistemas, no suelen tener departamentos de desarrollo, tienen departamentos de soporte de aplicaciones: corrigen alguna que otra nimiedad, implementan cuatro o cinco requerimientos nuevos al mes y atienden al usuario para cocinar datos con SQL ad hoc. Y atienden al usuario y cocinan datos, y así.
Por supuesto, mi llegada a esa empresa fue a través de una consultora, que a la muerte y al body shopping no le escapa nadie. Y ahí estaba yo, arreglando algunos bugs de un sistema pesimamente hecho (en C mal escrito, y con sintaxis de C++, para empeorar la cosa), fijándome por qué algunas transacciones se habían perdido, aceptando como un hecho que era normal que un sistema anduviera tan lento y tan mal, en definitiva, dándole manija al engendro ese para mantenerlo, no digamos andando, pero al menos con los procesos corriendo.
De paso, estaba conociendo como era el fascinante mundo empresarial. Una de las primeras cosas que aprendí era que había jefes. Eso lo intuía, porque si algo le queda claro a uno desde que tiene uso de razón es que hay estructuras jerárquicas. Además de los jefes, aparecieron ante mi otro tipo de personajes, estos inesperados: los gurúes, o los expertos. Estos eran gente grande (todos eran más grandes que yo en aquella época), normalmente de trato distante o, al menos, displicente.
Cuando se mencionaba a un gurú, su nombre se acompañaba de una fórmula, muy a la manera que los musulmanes usan para acompañar el nombre del profeta, la paz esté con él. Solo que en este caso la fórmula era "sabe mucho". Así se decía, por ejemplo, que "H. sabe mucho". Obviamente, no se los cuestionaba, ni siquiera se ponía a prueba lo que decían, hablaban ex cathedra.
Así, a mí me quedaba claro que tenía que seguir la corriente. No digo que haya creído honestamente en los gurúes (si bien no había formalizado para ese entonces mi postura filosófica, siempre la tuve medio pre-wired en mi cerebro) pero al menos no me sentía con derecho a cuestionar su trabajo o a hacer pruebas para ver si lo que decían era cierto. Podría decir que aceptaba su reinado, pero en el fondo la situación me parecía injusta, no sabía por qué. Diría hoy que en mi relación con ellos, era víctima de la disonancia cognitiva.
Un día, en particular, estaba enfrascado tratando de debugear un hermoso SIGSEV que el monstruo que me había tocado en suerte producía con puntualidad alemana cada cuarenta y cinco minutos. En el escritorio de al lado se sentaba C., un programador COBOL, que, ese día, estaba al borde del llanto porque un programa COBOL no compilaba. C. era un Programador Senior (tendría en ese entonces unos treinticinco años). Yo nunca vi COBOL más que en la facultad (la facultad no sirve para nada, título de otro post), por lo que me considero un tipo razonablemente afortunado, pero para dar la imagen de empleado del mes dije "C., te puedo dar una mano?". C. me miró incrédulo (le costaba entender como lo podría ayudar alguien con tan poca experiencia), y me dijo que sí, que claro, pero que el problema era demasiado complejo: no sabía si el COBOL estaba mal instalado en ese equipo porque ese programa no compilaba, y ese programa lo había escrito H. que sabe mucho y por lo tanto el programa no podía, por definición, estar mal escrito.
Asomé la cabeza y vi que había dos maneras de solucionar el problema: la primera era con un conocimiento acabado de la plataforma de COBOL (creo que era MicroFocus), y la segunda era leyendo el mensaje de error que daba el compilador informando que el problema era que el PATH de los archivos COPY (algo así como los headers del lenguaje C,creo recordar) tenía caracteres inválidos (la barra invertida en lugar de la estándar, o al revés). Cambiando la barra estándar por la invertida (o al revés) el programa anduvo.
C. no era un disminuído mental. Simplemente, no se atrevía a cuestionar la autoridad, estaba siendo víctima de la falacia del principio de autoridad, aún en un hecho tan nimio. No es un problema exclusivo de C., sino que todos tendemos a creer sin cuestionar en lo que dicen aquellos que, merecida o inmerecidamente, han ganado prestigio del entorno donde se desenvuelven.
No cuestionar la autoridad es, para Tom Kyte, una de las peores prácticas. No puedo menos que acordar con ello: todo concepto debe poder se puesto a prueba, no porque no existan expertos, sino porque, además de que hay menos expertos que gente que asegura serlo, todos, hasta los más grandes pueden cometer errores. Por otro lado, las cosas cambian: un concepto que era cierto con la tecnología de hace diez años, no es cierto ahora. Y además, si me permite la herejía, es posible que hasta los expertos se equivoquen.
Y si la pregunta es "vos quien sos para pontificar así desde tu blog? por qué deberíamos creer que vos sí sabés?", la respuesta es clara: suponiendo que esto lo lea alguien, no tienen por qué creer que yo soy un experto en nada.
Saturday, June 28, 2008
De anécdotas, estadísticas y conclusiones apresuradas
No conozco a nadie que haya votado a Cristina Fernandez en las últimas elecciones para presidente. Entonces es evidente que ha habido fraude.
No, no voy a hablar de política, y de hecho podía haber elegido un ejemplo más neutral para ilustrar el tema de este artículo, como por ejemplo, una reunión social donde alguien sostenía que la mayoría, o al menos una minoría apreciable de la población argentina tenía un título universitario. Ella, médica, no podía aceptar que menos del diez por ciento de la población tuviera uno, porque claro, la mayoría de sus conocidos y amigos tenía uno (y uno de médico, para más señas).
No es que ella fuera tonta, sino que estaba siendo víctima de un sesgo cognitivo bastante común: preferimos anécdotas a estadísticas, aún cuando las primeras no describen adecuadamente la realidad cuando hablamos de conjuntos muy grandes. Como en este blog abogamos por el pensamiento crítico y sostenemos que cualquier afirmación debe ser fundamentada, voy a tratar de fundamentar el por qué conviene estar alerta de este sesgo para así poder evitarlo (y por que conviene evitarlo)
Como sostiene John Allen Paulos al analizar la relación entre anécdotas y estadísticas, tanto las anécdotas como las estadísticas nos brindan información: las anecdotas incluyen muchos detalles de pocos sujetos (en sentido amplio: personas, animales, objetos) y utilizando estadísticas podemos conocer pocos detalles acerca de muchos sujetos. La descripción del primer día de clases de un niño nos dice mucho acerca de su caracter, gustos, temores, expectativas y otros aspectos de su personalidad, mientras que el ingreso medio per cápita de un país nos dice mucho acerca de la capacidad de compra de todos sus habitantes.
El problema empieza cuando pretendemos que con pocos casos sabemos mucho de la situación completa. El afirmar que una determinada generalización es cierta es, en términos más formales, sostener que existe una correlación entre dos o más variables. Así, por ejemplo, cuando sucumbimos a alguna de las ilusiones del patriotismo, que, como todos sábemos, no tienen término, estamos sosteniendo que existe una correlación, pongamos, entre las variables 'nacionalidad' e 'inteligencia'.
No es difícil demostrar formalmente (no lo haremos aquí, entre otras cosas porque es el objetivo de este blog y excede con mucho las capacidades del autor el ponerse a explicar matemáticas) que las correlaciones son menos confiables conforme el número de variables a correlacionar se acerca al número de casos de la muestra. Paulos ,en el paper enlazado más arriba, nos propone un ejemplo para ilustrar intuitivamente este fenómeno, donde correlaciona dos variables (inteligencia y timidez) usando dos sujetos de muestra.
Podemos conjeturar qué es lo que nos hace pensar de esta manera. Somos producto de una evolución de millones de años, la mayor parte de la cual se dio en condiciones muy diferentes a las que nos construimos estos últimos pocos cientos de años. Para nuestros antepasados, hasta hace tal vez pocos miles de años, el pequeño grupo de personas, la pequeña porción de la tierra y los pocos animales diferentes que veía una vez eran una porción representativa de los que verían por el resto de su vida, e incluso, de los que de una manera u otra ejercerían alguna influencia en su vida. Nuestro cerebro se moldeó en una época donde confundir anécdotas con estadísticas, generalizando rapidamente, era una ventaja competitiva que permitía tomar decisiones rapidamente.
Hoy enfrentamos una situación muy distinta, donde los sujetos y sistemas con los que estamos relacionados son muchos más de los que podemos imaginar ( se puede intentar lo complicado que es imaginarse un grupo de dos millones y medio de personas, por ejemplo... cuantas canchas de fútbol llenarían si se utiliza también el campo de juego? cuanto ocuparían si hicieran una manifestación ). En las sociedades en las que vivimos, un porcentaje ínfimo de personas constituye, en términos absolutos, una cantidad que nos parecerá enorme. Como los humanos solemos rodearnos de personas parecidas a nosotros (en nuestro trabajo compartimos el tiempo con gente de similares gustos y formación, nuestra familia suele parecerse a nosotros, buscamos parejas que se nos parezcan, vamos a clubes y asociaciones donde nos sentimos a gusto), completamos el cuadro con el sesgo de disponibilidad: elaboramos nuestras conclusiones tomando como base lo que observamos en un entorno que, aún cuando sea amplio, es ínfimo comparado con la totalidad y que además ha sido elegido a nuestra imagen y semejanza.
No es que todas las generalizaciones sean malas. Las generalizaciones nos permiten desarrollar vacunas, antibióticos, políticas sociales, incluso hasta a veces nos permiten comunicarnos. Solamente, tal vez, deberíamos recordar que llegar a una buena generalización (una buena generalización es aquella en la que podemos confiar ya que ha sido elaborada evitando los sesgos que mencionamos arriba) cuesta mucho trabajo y que las generalizaciones erróneas son terriblemente peligrosas.
Una buena descripción de los sesgos cognitivos que nos atormentan se puede encontrar en el libro Don't Believe Everyhing you Think (Six mistakes we make in thinking) de Thomas Kidda.
No, no voy a hablar de política, y de hecho podía haber elegido un ejemplo más neutral para ilustrar el tema de este artículo, como por ejemplo, una reunión social donde alguien sostenía que la mayoría, o al menos una minoría apreciable de la población argentina tenía un título universitario. Ella, médica, no podía aceptar que menos del diez por ciento de la población tuviera uno, porque claro, la mayoría de sus conocidos y amigos tenía uno (y uno de médico, para más señas).
No es que ella fuera tonta, sino que estaba siendo víctima de un sesgo cognitivo bastante común: preferimos anécdotas a estadísticas, aún cuando las primeras no describen adecuadamente la realidad cuando hablamos de conjuntos muy grandes. Como en este blog abogamos por el pensamiento crítico y sostenemos que cualquier afirmación debe ser fundamentada, voy a tratar de fundamentar el por qué conviene estar alerta de este sesgo para así poder evitarlo (y por que conviene evitarlo)
Como sostiene John Allen Paulos al analizar la relación entre anécdotas y estadísticas, tanto las anécdotas como las estadísticas nos brindan información: las anecdotas incluyen muchos detalles de pocos sujetos (en sentido amplio: personas, animales, objetos) y utilizando estadísticas podemos conocer pocos detalles acerca de muchos sujetos. La descripción del primer día de clases de un niño nos dice mucho acerca de su caracter, gustos, temores, expectativas y otros aspectos de su personalidad, mientras que el ingreso medio per cápita de un país nos dice mucho acerca de la capacidad de compra de todos sus habitantes.
El problema empieza cuando pretendemos que con pocos casos sabemos mucho de la situación completa. El afirmar que una determinada generalización es cierta es, en términos más formales, sostener que existe una correlación entre dos o más variables. Así, por ejemplo, cuando sucumbimos a alguna de las ilusiones del patriotismo, que, como todos sábemos, no tienen término, estamos sosteniendo que existe una correlación, pongamos, entre las variables 'nacionalidad' e 'inteligencia'.
No es difícil demostrar formalmente (no lo haremos aquí, entre otras cosas porque es el objetivo de este blog y excede con mucho las capacidades del autor el ponerse a explicar matemáticas) que las correlaciones son menos confiables conforme el número de variables a correlacionar se acerca al número de casos de la muestra. Paulos ,en el paper enlazado más arriba, nos propone un ejemplo para ilustrar intuitivamente este fenómeno, donde correlaciona dos variables (inteligencia y timidez) usando dos sujetos de muestra.
Podemos conjeturar qué es lo que nos hace pensar de esta manera. Somos producto de una evolución de millones de años, la mayor parte de la cual se dio en condiciones muy diferentes a las que nos construimos estos últimos pocos cientos de años. Para nuestros antepasados, hasta hace tal vez pocos miles de años, el pequeño grupo de personas, la pequeña porción de la tierra y los pocos animales diferentes que veía una vez eran una porción representativa de los que verían por el resto de su vida, e incluso, de los que de una manera u otra ejercerían alguna influencia en su vida. Nuestro cerebro se moldeó en una época donde confundir anécdotas con estadísticas, generalizando rapidamente, era una ventaja competitiva que permitía tomar decisiones rapidamente.
Hoy enfrentamos una situación muy distinta, donde los sujetos y sistemas con los que estamos relacionados son muchos más de los que podemos imaginar ( se puede intentar lo complicado que es imaginarse un grupo de dos millones y medio de personas, por ejemplo... cuantas canchas de fútbol llenarían si se utiliza también el campo de juego? cuanto ocuparían si hicieran una manifestación ). En las sociedades en las que vivimos, un porcentaje ínfimo de personas constituye, en términos absolutos, una cantidad que nos parecerá enorme. Como los humanos solemos rodearnos de personas parecidas a nosotros (en nuestro trabajo compartimos el tiempo con gente de similares gustos y formación, nuestra familia suele parecerse a nosotros, buscamos parejas que se nos parezcan, vamos a clubes y asociaciones donde nos sentimos a gusto), completamos el cuadro con el sesgo de disponibilidad: elaboramos nuestras conclusiones tomando como base lo que observamos en un entorno que, aún cuando sea amplio, es ínfimo comparado con la totalidad y que además ha sido elegido a nuestra imagen y semejanza.
No es que todas las generalizaciones sean malas. Las generalizaciones nos permiten desarrollar vacunas, antibióticos, políticas sociales, incluso hasta a veces nos permiten comunicarnos. Solamente, tal vez, deberíamos recordar que llegar a una buena generalización (una buena generalización es aquella en la que podemos confiar ya que ha sido elaborada evitando los sesgos que mencionamos arriba) cuesta mucho trabajo y que las generalizaciones erróneas son terriblemente peligrosas.
Una buena descripción de los sesgos cognitivos que nos atormentan se puede encontrar en el libro Don't Believe Everyhing you Think (Six mistakes we make in thinking) de Thomas Kidda.
Subscribe to:
Posts (Atom)